Lucía llegó con miedo a las alturas y manos frías. En la segunda respiración escuchó palomas, en la tercera vio reflejos en una ventana antigua. Lloró un poco en Savasana y bajó con paso firme. Al otro día trajo pan caliente para todos. Cuenta que ahora programa reuniones más tarde y que su jefe, sorprendido, pregunta por qué sonríe antes del café.
Marcos marca en su cuaderno la posición del sol cada semana y ajusta el comienzo cinco minutos según estación. Esa curiosidad afinó sus transiciones y le enseñó paciencia. Una mañana de viento fuerte, cambió flujo por respiración y lectura silenciosa. Al despedirse, compartió la gráfica con el grupo. Pidió opiniones, recibió abrazos y comprendió que enseñar también es aprender juntos, despacio.
Una vez se cortó la luz del edificio y el ascensor no funcionó. Subimos despacio, turnándonos para llevar mantas y termos. Al llegar, un teléfono viejo reprodujo una canción suave que alguien enviaba por mensaje. Practicamos sentados, mirando cómo la ciudad despertaba sin prisa. Bajamos más unidos, con listas de reproducción compartidas, promesas de volver y una certeza: lo sencillo basta.